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LA LLAMADA A LA CONVERSIÓN

by juanrivas on February 24, 2012

E

n el Evangelio del próximo domingo notaran que es uno de los más breve en el cual se presenta a Cristo en dos escenas.

La primera en el desierto austera y salvaje:
“En aquel tiempo, el Espíritu impulsó a Jesús a retirarse al desierto, donde permaneció cuarenta días y fue tentado por Satanás. Vivió allí entre animales salvajes, y los ángeles le servían.”(Mc. 1, 12:13).

La segunda en la ciudad: dinámica y exigente:

Después de que, arrestaron a Juan el Bautista, Jesús se fue a Galilea para predicar el Evangelio de Dios y decía:
“Se ha cumplido el tiempo y el Reino de Dios ya está cerca. Arrepiéntanse y crean en el Evangelio” (Mc. 14:15)

Estas dos frases del Evangelio de San Marcos son como las dos Jambas de la puerta que nos introduce en un tiempo privilegiado, la cuaresma, un tiempo donde Dios se nos hace más cercano, un tiempo donde Dios es más amigo y nos habla, nos llama nos invita y hasta nos reclama.

Hay una concepción muy común entre los cristianos de que la cuaresma es un tiempo triste, pero no es así, el mismo Cristo nos recomienda para este tiempo de ayuno: “no pongáis cara triste. Tu más bien perfuma tu cabeza y lava tu rostro”(Mt 6, 16). La Cuaresma la llama el Papa Juan Pablo II, camino de conversión. El camino de conversión es difícil, es duro, porque los caminos que llevan arriba a la cumbre son para arriba. Este es un camino de ascensión que te permite ver las cosas hermosas de la vida, que te permite verlas desde arriba desde Dios, en su justa perspectiva. Entre más asciendes las cosas de abajo, el pueblo en el valle se ve más chiquito y también las preocupaciones ordinarias, los problemas cotidianos se hacen más insignificantes. Y así mismo las cosas de arriba, el cielo, la salvación de tu alma se hace más grande y más importante.

La cuaresma no es un tiempo triste es un tiempo serio, Jesús proclamaba la Buena Nueva: “el tiempo se ha cumplido” (Mc. 1:15). El tiempo que nos muerde a cada instante y cada día está más cerca la eternidad. Tiempo serio para meditar sobre las verdades eternas: muerte, juicio, cielo, infierno y eternidad. Tiempo serio para tomar en serio a Cristo. Tiempo para pensar en serio mi salvación, tan en serio que murió en la cruz por mí.

El Reino de Dios está cerca convertíos …
Tiempo para reflexionar sobre el peso de mi hacer, para no confundir la vida cristiana con la buena acción del día de la niña exploradora. Tiempo para reflexionar en mi compromiso cristiano, en mi compromiso bautismal de hacer que el Reino de Dios reine en mi corazón, en mi hogar, en todos los que me rodean. Tiempo para reflexionar cual ha sido mi aporte real, de tiempo y esfuerzo al Reino de Cristo.

En la exhortación apostólica “La Iglesia en América” de S.S. Juan Pablo II nos invita a un encuentro con Jesucristo vivo, camino para la conversión. La conversión es un tema recurrente en este tiempo. Esta llamada viene Dios.

La Iglesia en América del Papa Juan Pablo II dice:
28. La conversión en esta tierra nunca es una meta alcanzada plenamente: en el camino que el discípulo esta llamado a recorrer siguiendo a Jesús, la conversión es un empeño que abarca toda su vida. Por otro lado, mientras estamos en este mundo, nuestro propósito de conversión se ve constantemente amenazado por las tentaciones.

El cambio de mentalidad (metanoia) consiste en el esfuerzo de asimilar los valores evangélicos que contrasta con las tendencias dominantes del mundo.

29. A todos los seglares se les pide que profundicen y asuman la auténtica espiritualidad cristiana. “En efecto, espiritualidad es un estilo o forma de vivir según las exigencias cristianas…” En este sentido por espiritualidad, que es la meta a la que conduce la conversión, se entiende toda la vida guiada por el Espíritu Santo”.

Entre los elementos de espiritualidad esta la oración.

..y creed en el evangelio.
32. La conversión (metanoia), a la que cada ser humano está llamado, lleva a aceptar y hacer propia la nueva mentalidad propuesta por el Evangelio.

Esto supone abandonar formas de pensar y actuar del mundo, que tantas veces condiciona fuertemente la existencia.

Tiempo serio para reflexionar sobre el peso de mi creer. Todos creemos, pero ¿que peso tiene mi fe?, como dice el Evangelio en mis decisiones y en mi comportamiento diario en mis relaciones con Dios y con los demás.

LA LLAMADA A LA CONVERSION.

La llamada a la conversión es una invitación a entrar en tu interior. Si repasamos la parábola del hijo pródigo y leemos la frase conque el Evangelio describe el punto culmen de su conversión cuando el Hijo Prodigo estaba sentado debajo del algarrobo viendo a los cerdos comer mientras el pasaba hambre: los describe con estas palabras: “y entrando en su interior dijo: ¡Cuantos jornaleros de mi padre tienen pan en abundancia, mientras que yo aquí me muero de hambre. Me levantaré e iré a mi padre y le diré:….”(Lc. 15, 17:18)

Y es que toda renovación verdadera comienza por dentro…

Por ejemplo los árboles de maple:
En este tiempo de año el árbol presiente la primavera y aunque está aparentemente seco dentro de el la sabia empieza a empujar con gran fuerza. El cambio verdadero y permanente comienza por dentro, cuando no hay esto, cuando no se busca la renovación interna, el ser mejor, se substituye casi automática mente por el aparentar ser mejor, por el “ser mejor” se substituye por el “tener más”.

LA EUCARISTIA

“Esta cerca el Reino de Dios, convertíos y creed en el Evangelio.” (Mc1,15). Es importante entender que al entrar en una comunidad Eucarística hace falta escuchar antes que nada precisamente esta voz, que exhorta a la conversión y responder a su llamada.
La conversión es siempre y sobre todo el punto de partida hacia el reino de Dios. Conversión significa entrar en sí mismos, reencontrase a sí mismo en lo profundo de la conciencia: es un dirigirse llenos de confianza hacia el Padre.

“nos has creado para ti y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti” Así decía el gran S. Agustín. La primera parte de la misa lleva siempre a la consideración de esta verdad. El silencio ha de servir para la “conversión” del corazón. El reino de Dios viene a nosotros mediante la conversión.

Así, la conversión se convierte en el ritmo normal de nuestra vida, casi en un constante respiro del alma…(cfr JPII 11/Dic/86)

El imperativo de autorrealización es tan poderoso en el hombre y en la mujer que cuando no se logra en el “ser” se substituye ávidamente en el “aparecer”, en el “aparentar”, se substituye el “ser más” por el “tener más”. En vez de renovar el alma se “encala la fachada”.
Cristo conoce lo que hay en el interior de cada hombre y de cada mujer. Cristo sabe lo que hay en tu corazón, tus deseos de realizarte en plenitud, te invita a “ser” mejor y no “ponerte” mejor. Cristo te invita a darte no una manita de gato, sino a una verdadera, real y efectiva transformación interior: convertíos y creed en el Evangelio

La llamada a la conversión es una invitación al cambio.

a)Todos tenemos necesidad de cambiar. Ustedes han conocido la época del Concilio. Con el concilio comenzó una verdadera renovación de la Iglesia, una verdadera renovación no se da sin crisis, sin desajustes y reajustes. Todo esto sucedió en la Iglesia y hasta muchos se aprovecharon para revolver y confundir. Pero una vez pasada la turbulencia todo se serena y va ocupando su lugar. Es algo así como cuando nos cambiamos de casa, al principio todo es cajas amontonadas y desbarajuste, después vienen el buscar y acomodar en cada habitación los muebles apropiados, moverlos de un lado para otro, quizá cambiar el color del tapiz y la cortina, quizá deshacernos de un jarrón chino para poner otro más moderno. Pero al final de tanto esfuerzo nuestro hogar se transforma en un lugar armonioso y acogedor.

Estoy yo a tono con la Iglesia? He ocupado ya mi lugar activo en ella? o estoy nada más de adorno? soy un jarrón chino en el rincón?
De esto vamos a hablar mas extensamente cuando repasemos la encíclica del Papa Juan Pablo II “Redemptoris misio”.

Qué significa convertirse? En vez de buscar una definición bonita es mejor ver a la vida de los grandes convertidos:

1. Saulo ese judío fogoso de secta farisaica, se encontró con Cristo en su camino de Damasco y se transformó en el gran apóstol de los gentiles.
2. S. Agustín ese joven inquieto aferrado a los placeres de la carne que un día escucha una frase: abre y lee y se convirtió en el gran Obispo de Hipona.
3. Sta. Teresa monjita acomodada a la vida acomodada de churos con chocolates y de chismes de convento. Que viendo a Cristo crucificado se transformó en la gran reformadora del Carmelo.
4. Charles de Foucauld: al que el Abad le dice: “póstrate y confiésate”.
5. Extraordinarias como la de André Frossard: un hombre ateo por naturaleza. Que un día entró a la Iglesia a buscar a un amigo y sin saber como salió de ahí católico.

En toda conversión vemos:

1. Primero una manera de ser inveterada: es decir arraigada y vieja. Es el así soy yo.
2. Después un encuentro personal con Cristo excepcional como el de S. Pablo o el de André Frossard. Pero también puede ser más ordinaria: a través de la oración, la lectura del Evangelio, y los sacramentos.
3. Por último un largo, continuado y definido camino, donde ya no me guío por gustos, o preferencias personales sino por la voluntad de Dios, vivo mi vida de cara al llamado, a la misión.

Por tanto la conversión no es algo reservado para los publicanos, para magdalenas con siete demonios. La conversión no es algo para los muy malos, para los perdidos, las perdidas.
La conversión es un llamado a todo cristiano a tomar en serio nuestro compromiso bautismal, nuestra misión de levadura, de sal, de luz del mundo.

El Papa nos dice en su encíclica: “la misión, además de provenir del mandato formal del Señor, deriva de la exigencia profunda de la vida de Dios en nosotros. Quienes han sido incorporados a la Iglesia han de considerarse privilegiados y, por ello, mayormente comprometidos en testimoniar la fe y la vida cristiana como servicio a los hermanos y respuesta debida a Dios, recordando que: su excelente condición no deben atribuirla a los méritos propios sino a una gracia singular de Cristo, no respondiendo a la cual con pensamiento, palabra y obra, lejos de salvarse, serán juzgados con mayor severidad” (RM n10).

Todos corremos el peligro y más en este país(Estados Unidos) de convertirnos en cristianos protestantes, donde la vida cristiana se convierte en un asunto privado entre Dios y yo, sin relación ninguna a la Iglesia y a los demás. Conversión para el protestante es algo que ocurre en tu interior: aceptar a Cristo como tu único salvador. Pero para el cristiano la conversión interior es sólo el comienzo, después tiene que venir el compromiso, el apostolado, la misión y por último los frutos.

Esto se ve claro en el pasaje de la Samaritana. Aquella mujer indiferente a los valores religiosos tiene un encuentro inesperado con Cristo. Ella va con su cántaro pisando la arena caliente buscando saciar su sed. Cristo le despierta una sed diferente sed de agua viva.
La mujer se olvida de su cántaro, o quizá lo deja como pretexto para volver y se va a comunicar a otros la alegría de haber encontrado al Mesías.

Esta conversión es ante todo es una gracia de Dios. Es fruto de un encuentro con Cristo a través del Evangelio y de una vida de sacramentos intensa.

Mientras no haya un verdadero encuentro con Cristo nuestro cristianismo no pasará de ser una idolología, un calmante sicológico.

CREED EN EL EVANGELIO

La conversión de la vida no se puede separar de la conversión de fe que es conversión a los valores del Evangelio: creed en el Evangelio.
De nuevo el peligro de creer al estilo protestante: Para el protestante basta creer en Cristo, para le católico no: es necesario creer en el Evangelio, es decir convertirse a los valores del Evangelio.

Hay muchos que hablan de valores, y pérdida de valores, pero no saben ni qué ni cuáles son esos valores.

Valor es lo que vale por sí mismo y es independiente de que yo lo considere o no como valor. El oro vale por sí mismo, la plata lo mismo, una obra de arte lo mismo. La perdida de valores no está en que los valores no valgan, o dejen de valer, sino en que el hombre ya no los reconoce como un valor, ya no los aprecia, los ha cambiado por los valores materiales, dinero, diversión, fama, comodidad, buena vida.

Creer en el Evangelio significa apreciar y hacer míos los valores que el evangelio me propone.

La excusa más frecuente que me encuentro con las personas adultas para comprometerlas al apostolado es la de no tengo tiempo. Pero la razón es que todos tenemos tiempo para aquello que valoramos.

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